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NOX abre su libro junto a un móvil en un estudio de sonido iluminado por luz azul.

El audio de mañana: una creepypasta de NOX

Ficción original · Serie NOX · Relato independiente

El primer audio llegó con mi número como remitente y la fecha del día siguiente. Duraba cuarenta y siete segundos. Durante los primeros cuarenta y seis solo se oía una respiración. En el último, mi propia voz dijo:

—Cuando te pida que cortes el ruido, no lo hagas.

Reconocí el pequeño chasquido de mi lengua antes de la erre. Llevo doce años editando voces y todavía no he aprendido a quitarme esa costumbre. También reconocí el estudio: el zumbido del frigorífico de la habitación contigua, el ascensor detrás de la pared, la vibración floja del cristal de la ventana.

Lo único que no reconocí fue la otra respiración. Estaba demasiado cerca del micrófono. Parecía la de alguien que llevaba mucho tiempo esperando a que yo terminara de hablar.

Cuarenta y siete segundos

Me llamo Elena. Trabajo desde casa limpiando entrevistas, pódcast y vídeos corporativos. Mi oficio consiste, sobre todo, en conseguir que no se note mi trabajo. Quito coches, bostezos, golpes de mesa. Acorto los silencios hasta que los entrevistados parecen personas más seguras de lo que son. A veces una conversación cambia con una pausa de menos. Nunca había pensado demasiado en eso.

El mensaje apareció un lunes, a las once y dieciséis de la noche, dentro de una conversación que no existía un minuto antes. No había foto de perfil. Solo mi número, el archivo y una confirmación de lectura anterior al envío.

No respondí. Lo guardé en el ordenador y miré sus propiedades. La fecha era absurda, pero las fechas se pueden cambiar. Mi voz también podía haberse copiado de las muestras que tenía en mi web. Lo que me incomodaba era el frigorífico: llevaba tres días averiado y zumbaba de una manera nueva. Ninguna muestra pública contenía aquel ruido.

Separé los canales. Había dos, aunque una nota de voz debería haber sido mono. En el izquierdo respiraba yo. En el derecho había algo que inspiraba durante todo el archivo sin soltar el aire.

Le escribí a Marcos, un compañero de profesión. Le pregunté si una voz sintética podía imitar el ambiente de una casa a partir de otras grabaciones. Contestó con un vídeo sobre clonación de audio y un «vete a dormir». Lo razonable habría sido hacerle caso.

En cambio, apliqué un filtro para escuchar qué había debajo de la respiración.

No llegué a exportarlo. Al colocar el cursor sobre el botón, oí tres golpecitos en la rejilla de ventilación que tenía encima del escritorio. Dejé de mover la mano. Los golpes se repitieron en mis auriculares, una fracción de segundo después.

El archivo seguía pausado.

Miré la rejilla. Entre sus láminas había una tira de papel negro, tan estrecha que parecía una sombra desprendida del techo. Al tocarla, se me pegó al dedo. Tenía cuatro letras grabadas, no escritas: NOX.

NOX abre su libro junto a un móvil en un estudio de sonido iluminado por luz azul.
Hay sonidos que una grabación no debería perder.

El hombre entre las pistas

Apagué el ordenador. La habitación no quedó a oscuras. El monitor conservó una claridad azul, aunque su piloto estaba apagado. En la pantalla vi el reflejo de un hombre que no estaba detrás de mí.

Tenía el pelo negro sobre la frente, la piel muy pálida y una cicatriz fina junto a la boca. Bajo su capucha, los ojos parecían conservar luz propia. Llevaba un libro con las tapas sujetas por una cadena. Un colgante de luna creciente descansaba sobre la ropa, gastada hasta parecer varias capas de noche.

El reflejo levantó el libro. Sus páginas se movieron hacia atrás.

—¿Quién eres? —pregunté sin girarme.

La respuesta salió del altavoz del móvil.

—Has recibido algo que todavía no tiene lugar.

No era una voz grave ni teatral. Sonaba cansada, como la de un empleado al que llaman cuando ya ha cerrado. Me produjo más miedo que un grito.

Me explicó que no debía limpiar el audio ni enviárselo a nadie. Tenía que conservar los cuarenta y siete segundos completos y escucharlos una sola vez cuando el reloj alcanzara la hora del archivo: las once y dieciséis de la noche siguiente.

—La respiración es el borde —dijo—. Si lo recortas, lo de dentro tendrá salida.

Le pregunté qué había dentro. Miró hacia un punto que no aparecía en el reflejo, por encima de mi cabeza.

—Lo que tus grabaciones han dejado sin sitio.

Entonces comprendí que llevaba un rato evitando pronunciar mi nombre. No sabía si por educación o por miedo.

Quise preguntarle si el mensaje lo había enviado él. Antes de que pudiera hacerlo, la ventana vibró. NOX cerró el libro de golpe y desapareció del monitor. El móvil mostró una notificación nueva.

Era un cliente habitual. Me mandaba una entrevista para entregar al mediodía. Debajo escribió: «Hay mucho ruido al final. Córtalo sin miedo».

Lo que había quitado

No dormí. A las siete preparé café y abrí la entrevista en otro equipo, uno viejo que utilizaba para facturar. Me dije que el archivo extraño no podía contaminar un mensaje de un cliente real. Necesitaba trabajar, y la noche parecía menos convincente bajo la luz de la mañana.

La entrevista era normal hasta el minuto dieciocho. La invitada hablaba de la casa en la que había crecido. Al describir el pasillo, hizo una pausa larga. Se oyó una silla, un coche, un suspiro. Después siguió hablando de las ventanas.

Amplié la onda. En el centro de la pausa alguien había dicho «no estoy sola». Muy bajo, casi sin aire. No sonaba como la invitada.

Llamé al cliente. Recordaba la grabación. Me aseguró que estaban solo el entrevistador y ella, y que la mujer se había quedado callada buscando una palabra. Le pregunté si podía enviarle el vídeo original.

La cámara mostraba una silla vacía junto a la entrevistada. Cuando llegaba la pausa, la silla se hundía unos centímetros, como si alguien se sentara. La mujer la miraba, seguía hablando y apoyaba una mano sobre el asiento. El entrevistador no reaccionaba.

Al terminar, la silla volvía a su forma.

Busqué mis proyectos anteriores. Empecé por el del viernes: una conversación con un cocinero. En el silencio que yo había quitado antes de «abrimos en septiembre» encontré un murmullo: «todavía sigo en la cocina». En otra entrevista, una mujer había callado al hablar de su madre. Debajo del ruido de tráfico se oía una cuchara chocando contra un plato, exactamente siete veces.

No eran voces nuevas. Siempre habían estado allí. Yo las había confundido con respiraciones, interferencias, sonidos de habitaciones contiguas. Conservaba los originales, pero sus versiones publicadas circulaban sin aquellas pausas.

Volví a poner los auriculares. Desde la ventilación llegó un ruido suave, de garganta aclarada. Me los quité. El ruido siguió.

Alguien probaba mis consonantes encima de mi cabeza.

La prueba de Marcos

Marcos vino a las cinco. No le conté lo del reflejo; bastaba con los archivos. Escuchó dos originales, vio el vídeo de la silla y permaneció un rato apoyado en la mesa. Después dijo que podía haber vibraciones, compresión, reflejos. Yo necesitaba que tuviera razón, así que le enseñé el audio de mañana.

No se lo envié. Puse el móvil entre nosotros y lo reproduje.

En el segundo cuarenta y siete no habló mi voz.

Habló la suya.

—Elena, no dejes que termine mi frase.

Marcos dejó de respirar. La pantalla mostraba la duración de siempre. Cuando pulsó el botón de reproducción por segunda vez, el archivo se abrió en su portátil, que estaba dentro de la mochila, apagado. Oímos el ventilador arrancar.

NOX apareció en el cristal de la ventana, superpuesto a los coches aparcados en la calle. Tenía una mano manchada de un polvo gris que salía del lomo del libro.

—Le has dado un oyente —dijo.

Marcos me preguntó a quién estaba mirando. Él solo veía mi reflejo. Cuando le señalé el cristal, un hilo oscuro pasó por su mandíbula y desapareció en el cuello de su camiseta.

El audio volvió a empezar desde la mochila. Esta vez respiraban tres personas.

NOX me obligó a entender una distinción horrible: el mensaje no predecía el futuro. Era una abertura buscando un momento en el que volverse verdadera. Había elegido mi casa porque allí llevaban años acumulándose voces apartadas. Cada reproducción le daba otra boca posible.

—¿Y tú qué puedes hacer? —pregunté.

—Guardar una voz que se entregue entera. No arrancarla de alguien.

Marcos se echó a reír, una risa corta y ajena. Después me pidió un vaso de agua. Al decir «agua», su voz se dividió: la primera sílaba fue la suya; la segunda llegó desde el techo.

No quedaban muchas horas.

El rellano sin eco

NOX nos indicó que bajáramos a la escalera de servicio. Dijo que el estudio tenía demasiadas voces encima y que el mensaje necesitaba una grabación nueva, sin cortes, en un sitio que todavía no le perteneciera. Marcos salió primero. Yo cogí el móvil, el cargador y una grabadora pequeña que funcionaba con pilas.

El ascensor no llegaba. Se oía subir, pero el indicador permanecía en el primero. Bajamos por las escaleras. En el tercer rellano, Marcos me llamó desde abajo.

Su voz también me llamó desde arriba.

Lo sujeté de la muñeca. La piel estaba helada y la tenía cubierta de pequeños movimientos, como músculos ensayando debajo de otros músculos. Continuamos hasta una puerta gris con una barra antipánico. Detrás debía estar el cuarto de contadores.

Había una escalera.

Más estrecha que la nuestra, sin ventanas, con escalones que absorbían el sonido. NOX esperaba en el primer descansillo. Por primera vez lo vi sin una superficie que lo reflejara. Parecía más pequeño y más agotado. La cicatriz de su boca se prolongaba hasta una zona de piel que parecía recién reparada.

Marcos no lo miró. Se había arrodillado junto a la pared, repitiendo una frase incompleta:

—Cuando te pida que… Cuando te pida que…

NOX abrió el libro. No había letras, sino surcos, pequeños relieves que se movían con cada respiración. Le pregunté si aquel lugar era suyo. Respondió que solo lo mantenía abierto mientras hubiera alguien dispuesto a cerrar una deuda.

Entonces la grabadora se encendió sola.

NOX contiene una sombra que sale de la ventilación junto a un teléfono en una escalera oscura.
En el rellano sin eco, cada segundo cuenta.

Una toma completa

La solución era más simple de lo que yo quería y más terrible de lo que había imaginado. Debía grabar los cuarenta y siete segundos desde el principio, darle al mensaje mi respiración y terminar con la advertencia. No solo repetir la frase: entregar la voz que la había pronunciado. Si lo hacía, la abertura regresaría al archivo y Marcos conservaría la suya.

—¿Durante cuánto tiempo me quedaré sin hablar?

NOX bajó los ojos. No intentó suavizarlo.

Detrás de nosotros, la puerta gris empezó a ceder hacia dentro. No la empujaban. Su superficie se hundía al ritmo de una inspiración interminable. Vi tornillos salir de sus agujeros sin caer al suelo. El aire olía al interior caliente de un aparato que se está quemando.

Pensé en todas las veces que había convertido el titubeo de alguien en una frase segura. En lo fácil que era decidir que una voz estorbaba cuando no sabías de quién era. Quise creer que esto tenía una justicia secreta, una proporción entre mi oficio y el castigo. Pero Marcos golpeaba la pared con el hombro y eso no tenía ninguna justicia.

Le puse la mano en la nuca. Me miró como si acabara de llegar de muy lejos.

—No dejes que termine —consiguió decir.

Yo no iba a permitir que mi explicación se convirtiera en su condena.

Pulsé grabar.

NOX mantuvo una página abierta mientras hilos de humo negro descendían hacia el micrófono. Inspiré y espiré con cuidado. En el segundo diecinueve oí mi nombre detrás de la puerta. En el veintiocho escuché la voz de mi madre pidiéndome que saliera de allí. En el treinta y dos, el aire se volvió tan frío que me dolieron los dientes.

No contesté. No detuve la toma.

En el cuarenta y seis me quedé sin respiración. Me pareció que una mano me sostenía la lengua desde dentro. NOX hizo un movimiento seco y uno de los surcos del libro se partió. La cicatriz de su boca se abrió apenas, sin sangre, como una costura que pierde un punto.

Me prestó el segundo que faltaba.

—Cuando te pida que cortes el ruido, no lo hagas.

La última palabra salió de mí y siguió saliendo aunque yo ya había cerrado la boca.

El móvil vibró una vez. La grabadora se apagó. Marcos aspiró con una violencia que me hizo pensar que iba a romperse. NOX cerró el libro, y la escalera estrecha se contrajo hasta convertirse en un cuarto de contadores con una bombilla amarilla.

De él solo quedó la tira de papel negro que había encontrado en la rejilla.

Las pausas que conservo

Llevo ocho meses sin voz. Los médicos pueden explicar lo que ven, pero no por qué no consigo producir sonido. Las cuerdas se mueven. El aire pasa. Mi garganta trabaja alrededor de algo que falta.

Marcos sigue viniendo los martes. No recuerda al hombre del libro, pero recuerda la escalera. A veces empieza a contarme lo que sucedió y se detiene antes de llegar a su frase. No le pido que continúe. Nos hemos acostumbrado a dejar algunas conversaciones abiertas.

Ya no limpio entrevistas. Restauro grabaciones familiares: cintas de bodas, mensajes, cumpleaños. Conservo las pausas. Si alguien quiere quitar una respiración, le explico por escrito que forma parte de la persona a la que está escuchando. Algunos se van con otro técnico. No los culpo. Tampoco les envío mis motivos.

El móvil antiguo está en una caja de metal, sin batería. No he vuelto a abrir aquella conversación. Todas las noches, a las once y dieciséis, la caja pesa un poco más. Solo durante un segundo.

Esta mañana llegó un cliente con una cinta de casete. Quería escuchar la voz de su padre, grabada en una excursión antes de que él naciera. Al pasarla al ordenador encontré un silencio de cuarenta y siete segundos entre dos canciones.

En la pantalla, la onda de ese silencio tenía la forma exacta de mi nombre.

No llegué a reproducirlo. Desde el altavoz desconectado salió mi voz, intacta, con aquel chasquido de lengua que nunca supe quitar.

—Elena —dijo—, el cliente está esperando.

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