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NOX sujeta la puerta de un ascensor frente a un pasillo imposible con una habitación iluminada.

El piso 0: la puerta que NOX no quería abrir

Ficción original · Serie NOX · Relato independiente

La primera vez que el ascensor se detuvo en el piso cero, las puertas se abrieron ante el dormitorio de mi hija.

No ante un pasillo parecido al de nuestra antigua casa. Ante su dormitorio. La mancha circular de humedad sobre la ventana, la lámpara torcida, el dinosaurio al que le faltaba una pata. Hasta estaba allí el pequeño trozo de cinta que yo había pegado en el marco para medir cuánto crecía.

Alba había muerto dos años antes. El dormitorio ya no existía. Yo había firmado la venta de la casa y había visto a los nuevos propietarios llevarse los muebles en una furgoneta blanca.

Sin embargo, al otro lado de la puerta amarilla, alguien movió una silla.

—Papá —dijo—. ¿Has comprado leche?

El edificio de la calle Olmo

Llegué a aquel bloque después de separarme de Carla. No discutíamos. Esa era precisamente la parte insoportable. Nos habíamos convertido en dos personas capaces de organizar una compra o pagar una factura, pero incapaces de estar sentadas frente a un plato vacío. Ella quería seguir viviendo. Yo confundía seguir viviendo con traicionar algo.

El apartamento nuevo estaba en la sexta planta. Un dormitorio, una cocina estrecha y un salón que olía a pintura barata. El agente me explicó que el edificio era antiguo, aunque la instalación eléctrica estaba renovada. No recuerdo haberle preguntado por el ascensor. Me interesaba que el alquiler fuera asequible y que nadie conociera mi historia.

Teresa, la vecina del cuarto, me dejó un plato de croquetas la primera tarde. Tenía setenta y tantos años y un perro pequeño llamado Bruno. Antes de irse, apoyó el dedo sobre el botón del ascensor, aunque yo ya lo había pulsado.

—Si se queda parado entre plantas, espera a que termine de pensar.

Lo dijo con una sonrisa de vecina que comenta una avería conocida. Añadió que no usara la escalera si oía un niño. Pensé que alguno del edificio gastaría bromas. No estaba dispuesto a tener conversaciones personales el primer día, así que asentí.

El ascensor tenía una botonera ordinaria: sótano, bajo y seis plantas. El metal había perdido el brillo alrededor del sexto. Durante una semana lo utilicé sin ningún problema. Solo noté una corriente tibia al pasar del tercero al cuarto, como el aire que escapa de una cocina.

La octava noche volví del trabajo con una bolsa de pan y dos yogures. Eran las tres y diecisiete. El ascensor arrancó, se detuvo antes del primero y encendió una luz que nunca había visto. No apareció una cifra. El panel quedó blanco.

Entonces se abrió el dormitorio.

El hombre que sujetó las puertas

Di un paso. El suelo de la cabina vibró bajo mi peso. Del otro lado me llegó el olor del jabón que usábamos para lavar la ropa de Alba. Me hizo más daño que la voz.

Una mano pálida se apoyó en la puerta del ascensor.

El hombre estaba tan cerca que no entendí cómo no lo había visto antes. Parecía joven, pero se movía con una cautela extraña, como alguien que sabe exactamente cuánto puede romper. Bajo una capucha negra tenía el pelo desordenado y unos ojos azules, claros hasta resultar casi blancos. Una cicatriz le torcía apenas la comisura de la boca. Llevaba un colgante de luna y un libro gastado, envuelto en una cadena.

—Todavía no has entrado —dijo.

Me interpuse entre él y la habitación. Pensé que podía cerrarla, quitármela otra vez.

—Aparta.

No se apartó. Tampoco me sujetó. Miró la bolsa que llevaba en la mano.

—Ella te ha preguntado por la leche. Tú has comprado yogures.

La voz del dormitorio volvió a llamarme. Repitió exactamente las mismas palabras, con la misma pausa antes de «leche».

Alba decía esa frase los domingos. La recordaba en pijama, esperando un desayuno que yo siempre preparaba tarde. La niña que había al otro lado no sabía que era miércoles.

—¿Cómo te llamas? —pregunté.

El hombre giró el libro. En la tapa había cuatro letras hundidas: NOX.

—El edificio ha encontrado una habitación que no has querido entregar —respondió—. Ahora busca dónde colocarla.

Las puertas se cerraron en cuanto quitó la mano. Subí al sexto con los yogures deshechos dentro de la bolsa.

NOX sujeta la puerta de un ascensor frente a un pasillo imposible con una habitación iluminada.
El ascensor se detiene donde el edificio no tiene sitio.

Una cocina menos

A la mañana siguiente, Teresa estaba sentada en el rellano con Bruno sobre las rodillas. Tenía un pequeño hornillo junto a la puerta.

—Se han llevado la cocina —me dijo.

Le pregunté quién. Abrió su apartamento. Donde debía estar la cocina había una pared con papel de flores. No una pared recién construida: tenía marcas de cuadros, una esquina humedecida y el mismo rodapié que el salón. El plano que guardaba en un cajón mostraba una habitación menos que el que recordaba ella.

Quiso llamar al administrador. En mitad de la llamada dejó de decir «mi cocina» y empezó a decir «un hueco para cocinar». Escuché cómo su seguridad se desgastaba. Cuando colgó, dudaba de haber tenido horno.

Le enseñé una fotografía que había tomado la tarde de las croquetas. Al fondo se veía una puerta abierta y parte de una nevera. Teresa acercó la pantalla a los ojos. Bruno gruñó.

—Guárdala —me pidió—. No me la enseñes más hoy. Que no se entere de que la he recordado.

Me contó lo que sabía del piso cero. Aparecía cuando alguien del edificio intentaba conservar un lugar que ya no tenía derecho a ocupar: la casa de una madre fallecida, un negocio cerrado, la habitación de una persona que se había marchado. Ofrecía la parte que más dolía. Para hacerse espacio tomaba otra habitación del bloque.

No elegía una estancia vacía. Elegía una que alguien necesitara lo suficiente para volver a buscarla.

Teresa había encontrado a su marido en el comedor de su primer piso, joven y con una camisa que ella había olvidado. Durante semanas cenó con él después de medianoche. Cuando quiso quedarse, desapareció el baño de una vecina. La vecina se mudó, pero seguía entrando al portal con una toalla doblada bajo el brazo.

—¿Y NOX? —pregunté.

Teresa reconoció el nombre. Miró hacia la puerta del ascensor.

—Cuando yo lo vi, todavía cerraba el libro con las dos manos.

La llave amarilla

Quise salir del edificio aquella misma tarde. Metí ropa en una mochila, llamé a Carla y le pregunté si podía dormir en su sofá. No le conté por qué. Ella no hizo preguntas; el cansancio nos había dejado algunas formas de cuidado.

Bajé por la escalera. En el cuarto piso encontré la puerta de mi apartamento. Seguí bajando y volví a encontrarla en el tercero. La mancha de pintura junto a la cerradura era la misma. En el segundo, la puerta estaba abierta y dentro sonaba una canción que Alba escuchaba para vestirse.

Entré en el ascensor para volver al sexto. Había una llave amarilla sobre el suelo, una de aquellas llaves de juguete que ella llevaba en un llavero. En la cara de plástico alguien había marcado una muesca nueva.

NOX apareció detrás de mí en el espejo. Le pregunté si podía destruir la llave.

—La puerta ya está en ti. El objeto solo te ayuda a encontrarla.

Me enfadé. Le dije que todo aquello parecía organizado para que yo sufriera, que sus advertencias eran una manera cómoda de no ayudar.

NOX miró sus propios dedos reflejados. Dos terminaban en una oscuridad plana, como tinta sobre papel.

—Cada noche que mantengo cerrada una habitación, algo de mí se queda sujetándola. No puedo sujetar todas.

Me ofreció una elección. Podía entrar una vez y llevarme un recuerdo. Uno verdadero, que no perteneciera a la habitación que el edificio me mostraba. Si conseguía distinguirlo, devolveríamos el dormitorio y la cocina de Teresa. Si elegía algo que solo deseaba, mi apartamento se convertiría en el próximo piso cero.

No me prometió ver a Alba. No me prometió despedirme.

Me prometió dejar una puerta cerrada.

Todo lo que estaba casi bien

A las tres y diecisiete volví a la cabina. Llevaba la fotografía de la cocina y una taza azul que había pertenecido a mi hija. NOX estaba junto a la puerta, con el libro abierto. Una página tenía un borde irregular, recién arrancado.

El dormitorio apareció. Esta vez entramos.

Alba estaba sentada a la mesa pequeña que usábamos para dibujar. No la vi bien. Cada vez que intentaba mirar su cara, encontraba una razón para fijarme en otra cosa: el vaso, el borde de una manga, las patas de la silla. Era como un recuerdo que se aparta cuando quieres precisarlo.

—Has tardado —dijo.

Me quedé de rodillas a su lado. Quería tocarle el pelo. Me detuvo un detalle ridículo: tenía atados los cordones.

Alba nunca aprendió a atárselos. Le comprábamos zapatillas con velcro. Las del dormitorio eran las que yo había visto en una tienda una semana después de su muerte, las que me había imaginado regalándole si hubiera vivido un poco más.

La habitación no contenía solo memoria. Contenía proyectos.

En una pared encontré el diploma de un concurso en el que no llegó a participar. En la estantería había un libro que yo había comprado por error durante unas navidades sin ella. Las marcas de altura del marco continuaban hasta un punto por encima de mi hombro.

Entonces levanté la cabeza y conseguí mirarle la cara.

Era una cara hecha de edades superpuestas. La niña que conocía, una adolescente que no había existido, una mujer que me miraba con una decepción aprendida de mis propias noches. No cambiaba de golpe. Todas estaban allí a la vez, intentando acertar.

—Si te quedas —dijo—, puedo hacerlo mejor.

NOX no respondió por mí. Se había arrodillado junto a la mesa y sostenía el libro con la única mano completa. De sus páginas salían sombras que recorrían los bordes de la habitación, manteniendo a raya unas grietas llenas de aire caliente.

NOX cierra su libro junto a una taza azul y un impermeable amarillo mientras una habitación se deshace.
No todos los recuerdos necesitan una habitación.

El abrigo que nunca colgué

Busqué algo verdadero. La lámpara, el dinosaurio, la cinta del marco. Todo estaba contaminado por una versión más amable de lo ocurrido. El dinosaurio tenía otra vez cuatro patas. La mancha del techo se había convertido en una nube pintada. La habitación corregía nuestras pequeñas negligencias con la misma paciencia con la que ofrecía corregir la muerte.

En el perchero vi un impermeable amarillo.

Lo habíamos comprado una tarde de lluvia. Alba quería uno rojo, como el de una niña del colegio. Yo elegí el amarillo porque estaba rebajado y le dije que el rojo se había agotado. Se enteró al ver otro en el escaparate. Discutimos en el autobús. Al llegar a casa no colgué el abrigo; lo dejé sobre una silla, mojado.

Me acerqué. El impermeable estaba seco, sin arrugas, con una etiqueta escrita por mi mujer. La habitación había limpiado incluso aquello.

La figura de la mesa se levantó.

—Papá, no me hagas pasar frío otra vez.

Sentí el impulso de obedecer. Ahí estaba la trampa: no me pedía que negara lo que sabía, sino que reparara una cosa pequeña antes de irme. Podía quedarme a ponerle el abrigo. Podía preparar leche. Podía llegar puntual por una vez. Cada reparación daba al edificio otro motivo para existir.

Saqué de mi bolsillo la taza azul. La había conservado desde la mudanza. Tenía un desconchón que yo había intentado tapar con rotulador. Alba odiaba aquel borde áspero y siempre giraba la taza para beber por el otro lado.

La había traído como prueba de que no estaba loco. Ahora entendía que era algo más incómodo: una cosa real que no podía arreglarse sin dejar de ser la nuestra.

La apoyé en la mesa. La figura miró el desconchón. Por primera vez no supo qué decir.

El recuerdo llegó entero: Alba girando la taza, fastidiada, mientras yo hablaba por teléfono y le pedía que desayunara rápido. No era nuestra mejor mañana. Era una de las nuestras.

—No puedo quedarme —dije.

La niña comenzó a llorar con la voz que yo recordaba. Tuve que agarrarme al borde de la mesa para no arrodillarme de nuevo. NOX cerró una página. El llanto se convirtió en el roce de una silla vacía.

La taza desapareció de mi mano.

Me quedé con el recuerdo, pero había entregado el objeto. La habitación no permitió que conservara las dos cosas. El impermeable cayó en forma de polvo y el marco de la puerta perdió sus marcas. Salimos sin correr, porque detrás de nosotros se oía a alguien suplicar y correr habría sido una manera de seguir escuchándolo.

La planta baja

Teresa recuperó la cocina. Su nevera volvió con un pequeño arañazo que no recordaba, pero ella no intentó borrarlo. Preparó croquetas para todo el rellano. Bruno durmió dentro de la despensa, como si hubiera decidido vigilar el lugar desde el suelo.

Yo tardé tres semanas en conseguir que las escaleras me llevaran a la calle. Durante ese tiempo llamé a Carla todos los días. Le conté la mañana de la taza, sin convertirla en una anécdota bonita. Ella la recordaba. Me dijo que nunca había querido que fuéramos padres perfectos, solo que no dejáramos sola la parte difícil de lo que habíamos sido.

Todavía estoy separado. Todavía sueño con mi hija. La diferencia es que al despertar no intento construirle un día que no llegó a tener.

El último lunes, antes de mudarme, encontré a NOX en la cabina. Tenía el libro cerrado y la manga izquierda recogida hasta la muñeca. No le pregunté cuánto había perdido. Le dije gracias.

—La cocina no se habría quedado mucho tiempo —respondió—. Teresa tenía hambre.

No supe si hablaba del piso o de nosotros.

Ahora vivo en un segundo sin ascensor. Esta noche, mi nueva vecina ha llamado para preguntarme si sé de quién es una taza azul que apareció en su cocina. Tiene un borde desconchado y un nombre escrito debajo.

No es el nombre de Alba.

Es el mío, con la letra que ella habría tenido a los treinta años.

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