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NOX sostiene su libro detrás de un catálogo de fichas en blanco en una biblioteca de estantes oscuros.

La biblioteca de los nombres borrados: un relato de NOX

Ficción original · Serie NOX · Relato independiente

Conservo una fotografía en la que aparecen siete personas y solo seis sombras. No es un defecto del flash. La persona que falta en el suelo está sentada junto a mí, con una mano sobre mi hombro. Sonríe como alguien que conoce a todo el mundo en la mesa.

Durante meses fui incapaz de recordar su nombre.

Después encontré una ficha de préstamo en la biblioteca municipal. Bajo el apartado «fiador» estaba escrito ese mismo nombre, con mi letra. La fecha era del día en que yo había nacido.

La bibliotecaria me pidió que no lo leyera en voz alta. Cuando le pregunté por qué, miró la silla vacía detrás de mí y empezó a llorar.

El catálogo sin autores

Me contrataron para digitalizar un fondo que llevaba veinte años encerrado en el sótano. Había mapas, libros de cuentas, folletos de fiestas, periódicos encuadernados. Trabajaba sola tres tardes por semana. Era un empleo temporal, pero me gustaba ordenar cosas que habían sobrevivido al desinterés.

La biblioteca ocupaba una antigua escuela. Arriba estaban las salas de lectura, luminosas y casi siempre llenas de estudiantes. Abajo, el aire olía a cartón húmedo. En una pared había marcas de una inundación antigua, a la altura del pecho. La directora me aseguró que las tuberías estaban revisadas.

Mi tarea consistía en fotografiar fichas, copiar sus datos y relacionarlas con los ejemplares. El cuarto jueves encontré un cajón sin etiqueta. Sus tarjetas estaban impecables, como si alguien hubiera renovado el papel recientemente. Todas tenían número de préstamo, fecha y lugar de devolución. Ninguna tenía autor o título.

Pensé que eran registros incompletos. Introduje una nota en la base de datos: «No identificable». Apliqué el mismo campo a once fichas y guardé los cambios.

Cuando subí a tomar café, Gabriel no estaba en el mostrador.

Gabriel era el auxiliar de la tarde. Llevaba nueve años allí, conocía por su nombre a los niños y siempre dejaba el azucarero abierto. Pregunté por él a la directora. Me contestó que el servicio nunca había tenido auxiliar de tarde.

La silla seguía caliente.

Saqué el móvil. La conversación con Gabriel había perdido la foto y el nombre, pero conservaba los mensajes. El último decía: «Si bajas al sótano, tráeme el cargador». Cuando intenté llamarlo, una voz automática respondió que el número no estaba asignado.

Fui a su casa. La mujer que abrió dijo que vivía sola. Detrás de ella vi dos tazas, una bicicleta demasiado grande y una chaqueta de Gabriel colgada en la entrada. Le señalé la chaqueta. Se enfadó conmigo, pero antes de cerrar se quedó mirando el perchero, como si acabara de descubrir una prenda ajena.

El lector del último turno

Volví al sótano después del cierre. Las once fichas que había marcado estaban sobre mi mesa, aunque recordaba haberlas devuelto al cajón. En una apareció una línea de escritura fresca: «El préstamo ha quedado sin responsable».

Detrás del escritorio había un hombre.

No lo oí entrar. Llevaba una capucha negra, el pelo oscuro sobre los ojos y una luna de plata colgando del cuello. Su ropa parecía remendada con tela de varios siglos. Cuando la lámpara iluminó su cara vi una cicatriz fina junto a la boca y unos ojos azules que no reflejaban la bombilla: la iluminaban.

Apoyó un libro de cuero sobre la mesa. Su cadena tintineó con un sonido demasiado largo para aquella habitación.

—No son fichas de libros —dijo.

Le pregunté cómo había entrado. Señaló el cajón vacío.

—Por donde has dejado de contar a alguien.

Quise acercarme a la puerta. No me lo impidió. Fue mi sombra la que permaneció junto a la mesa cuando yo me moví. Vi aquella forma oscura resistirse, estirada entre mis zapatos y su posición anterior.

El hombre me enseñó la cubierta del libro. Se llamaba NOX, o al menos ese era el nombre que podía darme. Bajo las letras había una marca donde antes debía de haber otra inscripción, más larga. No quise preguntar por ella.

Me explicó que aquel catálogo guardaba préstamos de cosas perdidas: una dirección, un recuerdo, una palabra que había desaparecido de una familia. Para recuperar algo, un lector dejaba a otra persona como fiadora. A veces sin que lo supiera. Si no devolvía lo prestado, el catálogo cobraba el nombre del fiador.

—Yo no he pedido nada —dije.

NOX volvió una de las tarjetas. En el reverso encontré mi firma.

NOX sostiene su libro detrás de un catálogo de fichas en blanco en una biblioteca de estantes oscuros.
Algunos préstamos no se devuelven con un libro.

Una firma anterior a mí

La firma era auténtica. Tenía la forma torpe de la inicial que aprendí a hacer copiando a mi madre. Pero la fecha estaba treinta y cuatro años atrás, en el día de mi nacimiento, y el apellido era uno que nadie había usado nunca para llamarme.

Mi madre vivía en una residencia, a veinte minutos de la biblioteca. Fui a verla a la mañana siguiente. Le enseñé una copia de la ficha. Sus dedos se quedaron suspendidos por encima del papel.

—Te dieron un nombre —dijo—. Yo lo cambié al salir del hospital.

Nunca me había contado aquello. Después del parto, hubo un problema con los papeles: una enfermera le había entregado una pulsera con un nombre que ella no había elegido. Cuando pidió que la cambiaran, nadie encontró el registro original. Mi madre había imaginado una confusión administrativa. Había preferido marcharse conmigo antes que discutir.

La persona de la fotografía era su hermana. Mi tía.

Me lo dijo mirando el hueco de la pared donde colgaba una fotografía que no recordaba haber retirado. Fue pronunciando los detalles sin conseguir unirlos: una mujer que cantaba al barrer, una mano quemada haciendo croquetas, un abrigo verde. Al intentar decir el nombre, se llevó la mano al pecho.

No la obligué. La ficha que yo tenía era una renovación, no el préstamo original. Alguien había dejado mi nombre de recién nacida como garantía y después había encontrado la manera de sustituirlo.

NOX lo confirmó esa tarde. Mi tía había entregado su propio nombre antes de que venciera el préstamo. La deuda no había desaparecido; se había quedado en suspenso mientras alguien la recordara sin catalogarla. Yo había convertido las fichas en «no identificables». Había declarado que los responsables no existían. El catálogo se había puesto a buscar otros.

Gabriel era el primero de mi lista de contactos alfabética.

Los otros diez nombres ya estaban anotados detrás de las tarjetas.

Las personas que dejaban huecos

No empecé por la décima ficha. Empecé por la segunda: Pilar, una vecina que regaba mis plantas cuando viajaba. La encontré en el patio de su edificio. Nadie la reconocía. El portero le había dicho que no podía subir a la casa en la que llevaba veintiséis años viviendo.

Pilar sabía quién era. Conservaba sus llaves y sus recuerdos. El sistema no borraba a una persona por dentro; borraba todos los caminos que los demás tenían para llegar a ella. Su nombre ya no encajaba con su cara. Sus documentos parecían pertenecer a alguien con quien compartía rasgos por casualidad.

La llevé a mi casa. Le preparé una cama en el sofá. Antes de dormir me pidió que repitiera su nombre. Lo hice seis veces. A la séptima me pareció una palabra extranjera.

Escribí once nombres en una libreta. Los leí cada hora. Al principio fue fácil. Luego necesité mirar las letras para reconocerlos. No podía reunir a sus familiares: si los llamaba, escuchaban la voz de una desconocida hablando de otra desconocida. La deuda había empezado a rodearme.

En el sótano, las sillas cambiaban de posición. Había once alrededor de mi mesa. Algunas tenían marcas de ruedas; otras eran de madera vieja. Una silla pequeña llevaba en el respaldo el nombre de una escuela que ya no existía.

NOX no quiso sentarse en ninguna.

Le pregunté si recordaba a mi tía. Asintió. Le pedí el nombre. Apretó el libro contra el cuerpo y negó con la cabeza.

—Yo custodio lo que ya ha sido cobrado. Si lo saco sin recibir algo a cambio, todos los nombres de dentro buscarán a quien los pronuncie.

No se trataba de once personas. El libro tenía más de mil páginas.

El recibo de devolución

Había una manera de devolver el préstamo: debía ofrecer mi nombre completo, por voluntad propia, y asumir las once fichas. Mi tía había retrasado una deuda que acababa regresando a mí. Yo podía cerrarla, pero no pasarla a otro.

Pregunté por qué NOX no pagaba. Me enseñó la parte borrada de la cubierta.

—Una persona no puede entregar dos veces lo mismo.

Era la primera vez que me pareció verlo como alguien que había sido un lector. No un dueño, ni una criatura nacida entre libros. Un lector que había dejado algo sobre aquella mesa y luego se había quedado al otro lado para impedir que otros cometieran el mismo error.

Quise saber qué había pedido prestado. Sonrió apenas. La cicatriz se plegó como un borde de papel.

—No me queda nadie a quien contárselo.

Yo todavía tenía a mi madre. Tenía a Pilar durmiendo en mi sofá y a Gabriel en alguna parte, buscando una puerta que recordara su llave. Durante una hora consideré encontrar otra firma, otra cláusula, una excepción. Busqué en las tarjetas como si una injusticia pudiera corregirse con un campo bien rellenado.

Finalmente vi la última condición: la devolución debía hacerse en el lugar original, antes de la hora de cierre del préstamo.

El lugar original no era la mesa. Estaba debajo de la marca de la inundación.

El agua de los lectores

NOX me acompañó hasta una puerta de mantenimiento al fondo del sótano. Detrás había una sala de conservación, con carros de documentos y estantes metálicos. El suelo tenía una ligera inclinación hacia un desagüe, tapado con una ficha en blanco.

Cuando la retiré, empezó a salir agua.

No brotaba con fuerza. Subía despacio, silenciosa, como si el nivel de otro lugar estuviera encontrando el nuestro. La lámpara del techo dejó de reflejarse en el suelo. En cambio, vimos un cielo gris y ramas que se movían sin viento.

Me quité los zapatos y avancé hasta el carro central. NOX colocó el libro encima. Las sillas del catálogo habían aparecido alrededor de las paredes. Todas estaban vacías, pero proyectaban sombras de personas de pie.

Una de aquellas sombras se volvió cuando dije «Gabriel».

No intenté tocarla. La tarjeta de devolución tenía cuatro casillas. Tres se llenaron solas: número de fichas, fecha, objeto devuelto. La cuarta esperaba mi firma. Antes de escribir llamé a mi madre. Me preguntó si iría el sábado y me recordó que llevara el jersey que siempre olvidaba.

Quise despedirme. Entendí que despedirse le impondría una pérdida que pronto no sabría nombrar. Le dije que sí, que iría. Dejé el teléfono sobre el carro, con la llamada abierta.

Firmé sin abreviar.

La tinta dejó el papel y trepó por mi muñeca. No me dolió. Lo horrible fue sentir cada letra como una certeza que se retiraba: esto es lo que eres cuando te llaman, esto es a quien esperan, esto es a quien recuerdan haber querido.

En el móvil mi madre preguntó:

—¿Quién está ahí?

NOX puso una mano sobre la tarjeta. No para quitármela, sino para mantenerla plana mientras el agua subía hasta las ruedas del carro. La ficha empezó a deshacerse. Él la levantó antes de que desapareciera y la guardó en el libro.

Detrás de las sillas, once sombras se sentaron.

NOX recoge una ficha de una sala de archivo inundada mientras unas sillas vacías proyectan sombras humanas.
Una ficha en blanco puede guardar una vida entera.

Una visitante sin carnet

Pilar estaba de nuevo en su casa cuando volví. Su sofá seguía en mi salón, preparado para una visita que yo ya no podía explicar. La llamé. Me trató con educación, pero me preguntó de parte de quién telefoneaba.

Gabriel había recuperado su turno. Lo vi colocando los libros devueltos en un carro. Tenía la chaqueta de siempre y una pequeña tirita en el pulgar. Cuando le di las gracias por algo que no entendía, respondió que para eso estaba la biblioteca.

Intenté entrar en mi trabajo. El contrato había perdido el nombre. La directora creyó que yo era una usuaria que había bajado a una zona restringida y me pidió que subiera. No discutí. El cajón sin etiqueta estaba cerrado. Sobre él había un cartel corriente: «Material pendiente de inventario».

Mi madre me recibe algunos sábados. Le digo que soy voluntaria. A veces me ofrece un jersey y se queda mirando cuánto me parece a alguien. No insisto. Hablamos del tiempo, de los árboles que ve por la ventana, de un perro que tuvo de niña. He aprendido que el cariño puede encontrar pequeñas rutas que un catálogo no conoce.

No sé si algún día recuperaré mi nombre. Tengo recuerdos, hambre, una voz. Puedo escribir estas páginas. Pero cada vez que intento añadir una firma, el bolígrafo deja de manchar hasta que lo aparto de la última línea.

De mi tía conservo ahora un recuerdo nuevo: su abrigo verde en un autobús. No sé si me pertenece o si NOX lo dejó entre mis cosas antes de cerrar el libro. No he intentado ponerle palabras. Algunas deudas empiezan justo cuando creemos que tenemos derecho a explicar lo que nos ha sido dado.

Hoy volví a la sala de lectura. Había un hombre bajo una capucha, junto al mostrador, con un libro de cuero apoyado en la palma. Me reconoció sin saludar. Eso bastó.

Cuando se marchó, una niña se acercó a Gabriel y le mostró un carnet que había encontrado entre dos páginas. Tenía mi fotografía.

Debajo de ella habían escrito once nombres.

En el reverso quedaba espacio para uno más.

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