Ficción original · Serie NOX · Relato independiente
El autobús de las tres y treinta y tres llegó vacío a la cochera. Eso habría sido normal al terminar un servicio nocturno, salvo por los abrigos. Había uno en cada asiento ocupado durante el trayecto, todavía húmedos y con los cinturones de las mochilas abrochados a su alrededor.
Yo llevaba dos horas esperándolo para hacer el relevo.
El conductor bajó por la puerta trasera, caminó hasta mi ventanilla y me entregó una llave que no correspondía a ningún vehículo de la empresa. Tenía las uñas llenas de barro. Antes de desaparecer entre las plazas de aparcamiento, me pidió que no hiciera una cosa.
—Si alguien te dice que prefiere llegar solo, no le creas.
Le pregunté qué había pasado con los pasajeros. Miró los abrigos y empezó a contar, moviendo los labios sin emitir sonido. Al llegar al último asiento, dejó la cuenta a medias.
El relevo
Me llamo Inés y conduzco autobuses desde hace once años. Acepté aquel turno porque pagaban el suplemento de noche y porque al día siguiente tenía que arreglar la caldera. Hay decisiones que después parecen señales, pero en el momento solo son una factura encima de la mesa.
El vehículo no figuraba en mi hoja. El supervisor lo atribuyó a un cambio de flota y me indicó que sacara otra unidad. Cuando señalé los abrigos, me contestó que los dejara en objetos perdidos. No se acercó a mirarlos.
Subí con una bolsa de plástico. El primero era una chaqueta de trabajo, con la marca de un bolígrafo en el bolsillo. Al levantarla, el asiento recuperó su forma lentamente. Un muelle crujió debajo de la tela. En el cristal vi a un hombre levantarse, aunque delante de mí no había nadie.
Dejé la chaqueta donde estaba y volví a bajar.
El conductor del relevo ya no aparecía en la cámara del aparcamiento. En la grabación se veía llegar el autobús y después se me veía a mí, hablando sola junto a la ventanilla. La llave, sin embargo, seguía en mi mano.
Salí con la otra unidad. Durante los primeros kilómetros pensé en llamar para decir que me encontraba mal. No lo hice. A veces el trabajo te enseña a desconfiar tanto de una excusa que acabas tratando tus propios miedos como si fueran una.
Recogí a seis pasajeros antes del desvío: Celia, una enfermera que reconocí de otras noches; Omar, con su chaleco de almacén; un señor mayor que llevaba una carpeta de dibujos; una pareja que discutía en voz baja, y un estudiante que no apartaba la vista del teléfono. Todos pagaron. Vi seis movimientos distintos en el retrovisor.
El reloj del salpicadero marcó las tres y treinta y tres cuando apareció la parada.
La marquesina de la lluvia
No debería haber estado allí. En ese tramo de carretera solo había una nave cerrada, un descampado y una salida de servicio. Pero vi un techo de cristal, un banco de metal y el poste de una línea que no conocía. La marquesina proyectaba una sombra seca sobre el asfalto, aunque la lluvia venía de lado.
Debajo esperaba un hombre con capucha.
Frené porque levantó la mano. La puerta se abrió antes de que yo tocara el mando. Subió despacio, sujetando un libro contra el pecho. Tenía el pelo negro pegado a la frente, pero la ropa no estaba mojada. Los ojos, de un azul casi blanco, se movieron por el interior del vehículo antes de mirarme.
Una pequeña cicatriz le cruzaba la comisura de la boca. Sobre las capas de tela negra llevaba una luna creciente de plata.
—¿Cuántos has recogido? —preguntó.
—Seis.
Abrió el libro. En la tapa distinguí cuatro letras: NOX.
—Entonces no permitas que la siguiente vez sean cinco.
No buscó monedas. Tampoco avanzó por el pasillo. Se quedó junto a mi asiento, observando el banco vacío de la parada. Cerré la puerta y arranqué sin pedirle el billete. No sabría explicar por qué me pareció más importante alejarnos que discutir una tarifa.
La marquesina desapareció del espejo. La carretera seguía recta.
Siete minutos después volvimos a verla.

La primera oferta
El estudiante se levantó. Me enseñó el teléfono: el mapa señalaba que estábamos frente a su casa. Por la ventanilla solo se veía el descampado, pero él describió un portal, una bicicleta apoyada en la pared y la luz del cuarto de su hermana.
—Me bajo aquí. Así no tiene que dar toda la vuelta.
Antes de contestar miré a NOX. Se había apoyado sobre el borde de la cabina, con la mano izquierda apretada contra el lomo del libro.
—Mira el suelo —le dijo al muchacho.
Debajo de la marquesina había seis pares de huellas. Ninguno venía de la carretera. Salían del banco y terminaban justo delante de la puerta del autobús.
El estudiante volvió a sentarse. Al hacerlo, su abrigo quedó un instante suspendido a la altura de los hombros, como si el cuerpo hubiera llegado después que la ropa. Celia lo vio. Se quitó los auriculares y me preguntó si podíamos llamar a la policía.
El teléfono de la cabina tenía cobertura. Contestó el supervisor. Me aseguró que llevábamos ocho minutos parados en la cochera y que iba a mandar a alguien a buscarme.
Le dije que estaba conduciendo. Oí cómo apartaba el aparato de la boca para hablar con otro compañero. Cuando volvió, su voz había adquirido esa suavidad con la que se intenta no alarmar a alguien.
—Inés, baja del autobús. Aquí no llevas pasajeros.
Celia se acercó al micrófono y dijo su nombre, su hospital y la hora a la que había terminado el turno. El supervisor siguió hablándome solo a mí. No había oído nada.
NOX cerró el libro un dedo.
—Fuera, ahora mismo, no tenéis un lugar compartido. Si cada uno acepta el suyo, la parada se los queda por separado.
Le pregunté qué era aquel sitio. Dijo que era una espera que había aprendido a fabricar llegadas. No supe si eso constituía una explicación o si era lo único que podía decir sin mirarlo de frente.
Los caminos particulares
El señor de la carpeta se llamaba Julio. Nos pidió que apagáramos la calefacción porque tenía demasiado calor. Era octubre y el interior del autobús estaba helado, pero él se secaba la frente con el pañuelo.
Al pasar junto a la marquesina por tercera vez vio una calle de su infancia. Describió las persianas de una mercería, el olor del pan y el taller de su padre. Después se quedó callado. Su padre seguía vivo, explicó. Lo que había muerto era la calle, derribada hacía treinta años.
Omar vio la nave donde debía recogerlo su hermano. La pareja vio dos lugares distintos. Vera reconoció el apartamento que acababa de dejar; Luis, una habitación en la que nunca la había conocido. Ninguno quiso contar su visión hasta que el otro apartó la mirada.
La parada no les ofrecía felicidad. Les ofrecía una versión de su vida en la que no tendrían que explicarse ante nadie.
Celia fue la única que no vio un destino. Dijo que había un banco y alguien sentado de espaldas, con su uniforme. Cada vez que nos acercábamos, la otra enfermera se volvía un poco más.
Me ordenaron que no frenara. Yo aceleré. La carretera pareció alargarse, pero la marquesina regresó al final de una curva que antes no existía. El contador de kilómetros no se movía. La aguja del combustible descendía con cada vuelta.
Entonces NOX dejó el libro abierto sobre un asiento vacío. En las páginas aparecieron las formas de seis prendas extendidas, planas, como si las hubieran colocado sobre una mesa para fotografiarlas.
Reconocí la chaqueta de Omar.
La cuenta del conductor
El libro guardaba lo que aquella espera dejaba atrás. No conservaba personas. NOX había subido para impedir otro viaje vacío, pero no podía elegir por los pasajeros ni hacer que confiaran en una desconocida al volante.
—¿Y el conductor que me dio la llave?
NOX miró mis dedos. Me había olvidado de que llevaba el objeto en el bolsillo del uniforme.
—Consiguió salir. Nunca comprobó quién venía detrás.
La llave estaba tibia. Encajaba en una cerradura pequeña, situada bajo la botonera de la puerta. Nunca había visto esa cerradura en un autobús, pero supe qué haría antes de preguntarlo. Si la giraba, podría bajar. Las puertas se cerrarían detrás de mí y el servicio se convertiría en problema de otro conductor.
Por la ventanilla apareció mi cocina. Mi gato dormía encima de una factura. El reloj del horno marcaba una hora a la que todavía podía fingir que el turno no había ocurrido. Sentí un alivio tan limpio que me dio vergüenza.
Quería bajar.
Omar se puso a mi lado. No tocó la llave. Me contó que había dejado esperando a su hermano en una estación una noche de invierno, después de una discusión absurda. Le había dicho que se buscara la vida. Su hermano llegó a casa; no había ocurrido ninguna tragedia. Pero él seguía recordando la facilidad con la que había decidido que otra persona podía esperar.
No sé por qué aquello me hizo llorar. Quizá porque nadie estaba pidiendo que confesáramos un crimen. La parada se alimentaba de cosas pequeñas que habíamos aprendido a justificar.
Les conté que yo también quería irme. En cuanto lo dije, pude volver a ver a los seis en el espejo.
Los abrigos ocupados
En la vuelta siguiente, las ventanas dejaron de reflejarlos.
Celia seguía de pie detrás de mí, pero su uniforme aparecía vacío en el cristal. Julio se había abrochado el abrigo porque empezaba a perder calor. Al levantar el brazo vi que el respaldo del asiento se transparentaba durante un instante a través de su muñeca.
NOX avanzó por el pasillo. Las cadenas de su ropa rozaron los asientos con un tintineo seco. Donde pisaba quedaba una pequeña superficie sin lluvia, como la sombra bajo la marquesina. No pertenecía más al autobús que a la parada.
—No puedo sostener las dos puertas —dijo.
Entendí entonces qué estaba haciendo. Había dejado una parte de sí debajo de aquel techo para que la entrada no se cerrara, y otra viajaba con nosotros. El borde de su capucha empezó a deshilacharse hacia el cristal. No era tela: era la distancia entre ambos lugares, tirando de él.
La llave se movió sola dentro de mi mano. En la cerradura apareció una marca con mi inicial. Me ofrecían una salida personal y la certeza de que, si no la aceptaba, perdería hasta la posibilidad de explicarme.
Por primera vez pregunté a los pasajeros qué querían hacer, sin darles una orden ni asegurarles que yo sabía la solución.
La pareja dejó de discutir. El estudiante apagó el mapa. Julio abrió la carpeta y nos enseñó un dibujo de la calle que ya no existía. No coincidía con la que veía por la ventana. Se había imaginado las dos cosas hermosas y juntas; la parada había borrado de su oferta todos los portales donde alguna vez tuvo miedo.
Nos estaban ofreciendo lugares construidos con lo que no decíamos.

Una sola parada
No salimos de la carretera por acelerar más. Tampoco sirvió cerrar los ojos. La salida apareció cuando acordamos un lugar en el que ninguno habría elegido quedarse: el aparcamiento de un supermercado, cerca de la cochera, con una farola rota y una máquina de carros que siempre se atascaba.
Lo conocíamos todos. Celia había recogido allí una compra. Omar había descargado mercancía. Julio se había sentado a dibujar la marquesina de los carros. La pareja discutía a menudo sobre quién debía devolverlos. El estudiante se había refugiado bajo el tejadillo cuando perdió un autobús.
No era una coincidencia sobrenatural. Era un sitio corriente de nuestro barrio. Justamente por eso nadie podía convertirlo en una promesa perfecta.
Nos pusimos a describirlo. Si una ventana mostraba otra cosa, alguien nombraba un detalle desagradable y concreto: el charco con aceite, las hojas pegadas al bordillo, la luz que tardaba en encenderse. La carretera empezó a ofrecer menos resistencia.
Al llegar otra vez a la marquesina, todos pidieron la misma parada.
NOX abrió el libro hasta la última hoja escrita. Las formas de los abrigos se levantaron del papel y regresaron a los cristales. Vi seis reflejos. Después siete: el suyo, todavía incompleto.
Quedaba la llave.
No la arrojé fuera. Habría sido otra forma de dejarle el turno a alguien. La puse sobre el salpicadero y anuncié que aquel servicio terminaba conmigo. No utilizaría la salida que me permitía marcharme sin contar a los demás.
Giré la cabeza. Los fui mirando uno por uno, esperando a que cada cual levantara una mano. Celia. Omar. Julio. Vera. Luis. El muchacho, que por fin nos dijo que se llamaba Dani.
Cuando terminé la cuenta, abrí la puerta.
Olía a asfalto mojado y a cartón de supermercado. La farola rota seguía sin encenderse. Bajamos juntos, bajo una lluvia que por fin caía sobre todo el suelo.
El último asiento
La empresa me suspendió mientras investigaba. La unidad había recorrido once kilómetros en la cochera sin moverse de su plaza, según sus registros. Las cámaras mostraban sus luces encendiéndose y apagándose alrededor de un interior vacío. Dimos seis declaraciones separadas. No coincidían en todo, y eso me tranquilizó más que cualquier prueba.
Sigo conduciendo. Perdí el suplemento de noche y tardé un mes en pagar la caldera. Nadie me devolvió las horas ni convirtió lo ocurrido en una lección cómoda. NOX tampoco volvió para felicitarme.
Conservo la llave en objetos perdidos, dentro de un sobre en el que no he escrito ningún nombre. No aparece en el inventario digital. Si intento fotografiarla, sale la sombra de una marquesina.
Los seis pasajeros han vuelto a subir alguna vez a mi autobús. Nunca juntos. Siempre me saludan antes de sentarse. Eso me basta.
Anoche, al terminar el servicio, encontré un abrigo negro en el último asiento. Era demasiado largo, estaba cosido con varias capas de tela y tenía una pequeña cadena enganchada al reposabrazos.
Miré el cristal. NOX aparecía reflejado bajo la lluvia, al otro lado de una parada que no estaba en la calle.
Levantó una mano.
Esta vez fui yo quien empezó a contar.
