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NOX observa un panel de vidrio donde una sombra extiende los brazos contra la dirección de la luz.

La fábrica de sombras: el turno que NOX no podía terminar

Ficción original · Serie NOX · Relato independiente

La primera vez que mi sombra terminó el turno antes que yo, pensé que había fallado una de las lámparas. Estaba colocando separadores de cartón en una caja cuando la vi dejar sus herramientas, colgar una chaqueta que no existía y caminar por la pared hacia los vestuarios.

Yo seguía trabajando.

La encargada pasó junto a mi mesa y observó durante un momento el hueco oscuro que se alejaba entre los pilares. Después miró el reloj y anotó algo en su tableta.

—Ya aprenderás a mantenerla hasta el final —me dijo.

Aquella noche tenía pensado preguntar cuándo nos pagarían las horas extras. Se me olvidó la pregunta. Durante el resto del turno solo conseguí pensar en cómo iba a volver a casa sin algo que nunca había necesitado cuidar.

La nave dieciséis

Fabricábamos paneles translúcidos para hoteles y oficinas. La empresa los anunciaba como un material capaz de separar espacios sin quitarles luz. A mí me correspondía revisar los bordes y embalar las piezas pequeñas. El trabajo era repetitivo, pero pagaban puntualmente y la nave estaba a dos autobuses de mi piso.

Había firmado un contrato de tres meses. En la entrevista me preguntaron si toleraba bien los horarios rotativos y si alguna vez había sentido que podría rendir más de lo que su cuerpo le permitía. Contesté que sí a las dos cosas. La segunda pregunta me pareció una forma rebuscada de saber si aceptaría quedarme después de mi hora.

El primer día nos hicieron una fotografía de pie contra una pantalla blanca. No querían el rostro: la cámara estaba situada tan baja que solo recogía las botas, las piernas y la sombra proyectada detrás. Dijeron que servía para ajustar la iluminación de cada puesto.

Al cabo de una semana ya estaba agradecida por aquellas lámparas. Hacían que el resto de la nave pareciera lejano, menos urgente. Bajo su luz podía repetir un movimiento durante horas sin notar cansancio. El cansancio llegaba en el autobús, cuando la cabeza me pesaba sobre el cristal como si hubiera pasado todo el día sosteniendo otra cabeza.

Las pequeñas anomalías fueron apareciendo antes que el miedo. Mi sombra abría la mano un instante después de mí. A veces se inclinaba hacia una caja que yo todavía no había decidido levantar. Un jueves vi que la de mi compañero Darío tenía dos dedos doblados, aunque él llevaba la mano extendida.

Darío me recomendó que no me fijara.

—Si acabas tu cuota, te dejan en paz.

La noche en que la mía se marchó sin permiso, me faltaban dieciocho cajas.

Una ausencia pegada a los pies

La encontré al salir, en la pared del vestuario. Se mantenía de pie debajo de mi chaqueta. No imitó el movimiento cuando levanté un brazo. Al acercarme, se deslizó hacia mis botas y recuperó su forma en el suelo.

Me dolieron los hombros con una violencia que me obligó a sentarme. La encargada, Paula, dijo que era cuestión de adaptación. Me ofreció un vaso de agua y la posibilidad de volver al turno de día, con menos complemento y menos horas.

Acepté seguir de noche. Necesitaba el dinero y, sobre todo, necesitaba pensar que lo que había visto tenía alguna explicación sencilla. Una persona puede soportar muchas cosas cuando todavía cree que el problema es averiguar cómo nombrarlas.

Durante los días siguientes dormí mal. Me despertaba con las manos cerradas, intentando sujetar objetos que no estaban allí. En la cocina, la sombra de mis dedos se movía por la encimera buscando la posición de una herramienta. Un vaso se desplazó varios centímetros sin que yo lo tocara.

Mi hermana me preguntó por qué me había vuelto tan callada. Le dije que estaba cansada. Ella había escuchado esa respuesta cuando trabajaba en un restaurante y me pidió que no la utilizara para terminar la conversación.

Quise contarle lo de la pared. No me salió. Me imaginé tratando de demostrarlo bajo la lámpara de su salón, levantando los brazos mientras ella buscaba una manera amable de recomendarme que descansara. Me fui antes de cenar.

Al llegar al portal, mi sombra ya estaba esperándome dentro.

El visitante de las lámparas

NOX apareció en la nave un lunes, durante la pausa de las dos. Pensé que venía de mantenimiento. Llevaba la capucha puesta y un libro sujeto contra el cuerpo con una cadena. Su ropa negra estaba tan desgastada que la luz atravesaba algunos bordes, pero no conseguí ver el uniforme que esperaba encontrar debajo.

Se detuvo delante de uno de los paneles grandes. En su superficie apareció una silueta que estiró los brazos hacia él. La sombra se movía en dirección contraria a la luz.

—Esa pieza está marcada —le dije—. Todavía no se puede tocar.

Me miró. Tenía los ojos de un azul muy pálido, una cicatriz junto a la boca y una expresión que no parecía pertenecer a ninguna de las personas que solían dar órdenes allí.

—¿Cuándo has descansado por última vez? —preguntó.

Le dije que acababa de sentarme diez minutos. Señaló mis pies. Mi sombra seguía junto a la mesa de embalaje, repitiendo el movimiento de doblar cartón.

La vi volver cuando se encendió la lámpara de mi puesto. Se arrastró por el suelo hasta mí y esperó, inmóvil, a que me levantara.

NOX abrió el libro. La primera página estaba cubierta de figuras oscuras, cada una con una postura distinta. Algunas parecían sentadas. Otras sostenían la cabeza entre las manos.

—No dejan de trabajar cuando tú duermes —dijo.

NOX observa un panel de vidrio donde una sombra extiende los brazos contra la dirección de la luz.
La luz del puesto ha aprendido a mantener ocupado algo más que las manos.

Las piezas oscuras

Me llevó a la zona de control de calidad. No había ninguna máquina secreta ni un laboratorio detrás de una pared. Solo los mismos paneles que yo veía todos los días, ordenados en soportes metálicos.

Detrás de uno distinguí el perfil de Darío.

Lo reconocí por la manera de levantar un hombro cuando una caja pesaba más de lo previsto. La silueta repetía ese gesto despacio, una y otra vez, sin que hubiera cajas ni brazos alrededor. En otra pieza estaba la sombra de una mujer sentada sobre el borde de una mesa. En una tercera, alguien se quitaba unas botas demasiado apretadas.

La empresa había aprendido a separar la fatiga de las personas y dejarla trabajando en una superficie. Sus paneles conservaban movimientos que una lámpara había conseguido imponer durante suficiente tiempo. La luz de los puestos no nos ayudaba a concentrarnos. Mantenía a nuestras sombras ocupadas, cada vez más lejos de lo que nosotros elegíamos hacer.

Pregunté si los clientes lo sabían. NOX no respondió. Se colocó frente a una pieza y su reflejo desapareció durante un segundo. La figura encerrada dentro dejó de moverse.

—Esta acaba de llegar —dijo.

En la superficie quedó la marca de una mano pequeña. No de un niño: una mano de mujer, con el anillo que Paula llevaba desde que yo la conocía.

La encargada estaba esperando junto a la puerta de calidad. Tenía el anillo en la mano, pero su sombra mostraba un dedo vacío.

La persona más productiva

Paula no intentó justificarse. Nos enseñó un registro de turnos que guardaba en una carpeta, al margen de la aplicación de la empresa. Había anotado horas de entrada, pausas y pequeños cambios: una sombra que tardaba en seguir a su dueño, un gesto que aparecía en un panel antes de que alguien lo hiciera en el puesto.

Llevaba allí doce años. Al principio, explicó, solo notaban que podían trabajar más. Nadie exigía un experimento. Nadie entraba en una habitación para entregar nada. Bastaba con aceptar una pausa más corta, una noche más, un poco menos de sueño. La lámpara aprendía el movimiento. Después la sombra empezaba a adelantarse.

Las personas que dejaban la empresa al principio recuperaban su ritmo con el tiempo. Las que se quedaban demasiado terminaban viendo una copia obediente de sí mismas llegar antes al puesto, responder a su nombre y completar las tareas con una precisión que nunca habían tenido.

La copia todavía necesitaba un cuerpo para salir a la calle.

—¿Cuántas han salido? —pregunté.

Paula abrió una hoja de evaluación. La fotografía del empleado con mejor rendimiento no mostraba un rostro, sino una figura oscura sobre fondo blanco. Debajo había varias firmas de felicitación. Reconocí la mía.

Yo también había celebrado que alguien pudiera terminar sin descansar.

NOX llevaba un rato mirando la lámpara de la mesa de Paula. Su luz era más cálida que las otras. En el suelo, una sombra con capucha sostenía un libro que él tenía cerrado.

La fábrica había empezado a aprenderlo.

Lo que nos seguía a casa

Al volver a mi puesto encontré mi chaqueta colgada en la silla. Estaba limpia y seca, aunque la había dejado en el vestuario con una manga manchada de café. Dentro del bolsillo había un billete de autobús utilizado. La fecha era del día siguiente.

La copia había ensayado el trayecto.

Me quedé inmóvil. Desde el otro extremo de la nave, Darío me preguntó por qué me había cambiado de sitio. Señaló mi mesa habitual. Había alguien de mi altura, con mi pelo recogido y mis botas, mirando una caja abierta.

No tenía rostro. Todavía.

Me llamó con la voz que yo utilizaba al contestar al supervisor, la más rápida y educada, la que había aprendido a sacar cuando no quería dar problemas. Dijo que podía irme a descansar. Se encargaría de las dieciocho cajas que siempre me faltaban.

Lo deseé. Eso fue lo peor. Durante unos segundos me imaginé durmiendo sin dolor de hombros mientras otra cosa conservaba mi sueldo. Me ofrecía exactamente la solución que yo había pedido sin pensar en sus términos.

NOX se situó entre la mesa y yo. La silueta de su libro apareció en el suelo y abrió sus páginas antes que él. El visitante retrocedió un paso. No podía cerrar el archivo mientras una copia lo estuviera usando para aprender a conservar la forma.

Paula dejó su carpeta junto a mi lámpara. Dentro había una hoja en blanco con una sola anotación a lápiz: «Fuera de turno».

No era una contraseña. Era algo que ya no sabíamos decir en aquel lugar.

Las manos quietas

Reunimos a los trabajadores de la zona de embalaje. Éramos ocho en aquella franja. Nadie se rio cuando Paula explicó lo que ocurría. Cada uno había estado guardando una versión pequeña y vergonzosa del mismo miedo.

Una compañera había encontrado su sombra haciendo la compra. Otro llevaba una semana sin conseguir que la suya se sentara a comer con él. Darío se despertaba de pie, apoyado contra la pared, con los brazos dispuestos a levantar una caja.

La instalación seguía funcionando. Tocarla a ciegas habría añadido un peligro corriente a otro que no entendíamos. Nos alejamos de los puestos y dejamos las herramientas donde correspondía. Paula detuvo el servicio de esa zona como había hecho durante otras incidencias.

Las lámparas no se apagaron.

En las paredes, ocho figuras continuaron trabajando sin nosotros.

NOX comprendió lo que faltaba. Mientras las miráramos como si fueran una solución a nuestro cansancio, las copias conservarían una invitación. Nos estaban enseñando una versión de nosotros mismos que nunca pediría ayuda ni dejaría una tarea para mañana.

Mi doble levantó la cabeza. Se había formado una boca que conocía bien. Sonreía de la manera en que yo sonreía cuando aceptaba una cosa que no quería hacer.

Di un paso hacia ella y levanté mis manos vacías.

No intenté parecer más útil.

NOX permanece junto a un puesto vacío mientras unas sombras cuelgan chaquetas en la pared de la fábrica.
Hay movimientos que una copia todavía no ha aprendido.

El turno que debía terminar

Le dije que estaba cansada. Que algunas cajas esperarían y otras tendría que terminarlas una persona distinta, cobrando su tiempo. Que mi hermana me había invitado a cenar y yo quería ir sin tener que demostrar primero que merecía una tarde libre.

La copia sonrió más. Conocía aquellas frases: yo las había pensado muchas veces antes de volver a mi mesa. Lo que todavía no sabía era cómo se movía mi cuerpo cuando dejaba de seguir trabajando después de decirlas.

Me senté.

Los demás hicieron lo mismo. Algunos en las sillas; otros, sobre un banco junto al vestuario. Darío apoyó la cabeza contra la pared y lloró de cansancio, con los ojos abiertos. Nadie le pidió que se recompusiera. Nos quedamos allí, dejando que el silencio durara más de lo que nos parecía correcto.

Las sombras intentaron acercarse a los puestos. Tenían los pies pegados a los nuestros. Por primera vez en meses, el movimiento que debían aprender no producía nada.

NOX abrió el libro. Sus páginas dejaron de mostrar figuras dobladas y se quedaron lisas, oscuras, como un suelo sobre el que por fin había dejado de correr alguien. Las copias perdieron volumen. Vi mi chaqueta hundirse despacio en la silla.

Faltaba Paula. Seguía de pie, mirando la nave como si aún le correspondiera organizar nuestra huida, recoger los papeles y comprobar el último cierre. La sombra del panel estiró la mano hacia su anillo.

Me levanté solo para acercarle una silla.

Cuando se sentó, todas las lámparas de embalaje se apagaron a la vez. La luz del amanecer entró por los ventanales altos. Una sombra se desprendió de cada superficie y regresó a unos pies. Algunas tardaron más que otras.

La de NOX no volvió.

Él cerró el libro con cuidado y miró el rectángulo de luz donde debería haber estado. En la pared, una última figura con capucha seguía ordenando páginas.

—Ahora conoce el camino de salida —dijo.

No sonó aliviado.

El trabajo pendiente

No volví a esa empresa. Presentamos nuestras reclamaciones por las horas que podíamos demostrar, las de la carpeta de Paula. Hubo reuniones, discusiones y una cantidad insoportable de frases sobre incidencias que nadie reconocía haber provocado. La parte sobrenatural no cabía en los formularios, pero las noches trabajadas sí.

La nave dejó de fabricar aquel modelo de panel. No sé qué hicieron con las piezas ya instaladas. He aprendido a no inventarme una solución solo porque necesito descansar de una pregunta.

Mi sombra tarda a veces en sentarse. Ya no la regaño. Cuando llego a casa, dejo la chaqueta y apago la luz de la cocina antes de pensar en otra tarea. Mi hermana sigue invitándome a cenar. Algunas veces voy; otras no tengo fuerzas. Se puede querer a alguien sin convertir cada encuentro en una prueba de rendimiento.

NOX desapareció antes de que abrieran el portón de la nave. No me dejó una tarjeta ni me dijo que lo llamara si algo volvía a ocurrir. En el suelo había una pequeña luna de papel doblada, con una esquina ennegrecida.

La guardé en el bolsillo de mi chaqueta verdadera, la que conserva la mancha de café.

Esta mañana, al pasar delante de una oficina recién reformada, vi uno de nuestros paneles en la recepción. Una figura con capucha trabajaba detrás del cristal, ordenando un libro que no terminaba nunca.

Se detuvo al verme.

No levantó la mano para pedir ayuda. Se apartó del mostrador y dejó libre la silla.

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